jueves, 18 de noviembre de 2010

OCASO por Piero Galasso

Una tarde noche del año 1936 paseando por la Gran vía del brazo de tu madre, entonces pizpireta joven dama, vi algo que me ha marcado para toda la vida y que no me entra en la cabeza como pude haber sido el único en verlo. Nadie de entre mi círculo de amistades, conocidos y desconocidos dirigió sus esferas de verdad hacia aquel fascinante destello. Serían las seis y media o siete de la tarde, lo recuerdo porque aquella joven Remedios remataba la faena a esa hora en el taller de costureras de la Vía. Nos dirigíamos a cruzar la vía de ferrocarril que separaba a Neptuno de Apollo . Entonces aquella horrenda cicatriz curvada nos privaba de luz, felicidad y sosiego a los que admiramos al primero. Tu madre comentaba cualquier cosa sobre trazos, cortes y confección cuando mi retina capturó un momento que me hizo ser quien soy. No tuvo una duración mayor de tres o cuatro segundos pero me aportó una sensación totalmente desconocida y excitante. Tú , Lorena y Saúl venís de ese fogonazo de atención que me espabiló y me hizo colocar todos mis activos vitales en frente de mi nariz y darles a cada uno la mejor salida posible. Como dije, nadie se percató de dicha divinidad en forma de luz. Fue como si todas mis dudas quedasen respuestas por un haz de luz. Incomprensible pero es lo que me ocurrió. No me ha ido mal. En cierto modo, cuando recapitulo acerca de mis éxitos y conquistas, me invaden pensamientos que me califican de oportunista. No está mal que eso suceda porque nadie nunca se ha metido conmigo, ni me ha entorpecido mi camino,ni nada. Y todo viene de aquel foco irreal. Como te habrás imaginado, transcurrido un tiempo de aquella noche milagrosa, regrese al mismo punto y a la exacta misma hora, engañando a tu madre para que cerrara el taller, que ya regentaba, a la misma hora que el día primigenio. Allí seguía aquel haz estático, dándome virtudes y eliminando toda maldad o defecto. Allí continuaba bajo su manto de invisibilidad sólo abierto para mis ojo. Aquel día no pudo ser. Al recibir nuevas, digamos, pautas , que no son pautas, dejémoslo en veredas, me mantuvo ocupado hasta la semana pasada que volví de nuevo. Estuve ocupado en mis negocios, en que no os descarriaseis y en tu madre, en hacerla sentir la mujer más especial a cada segundo que respira. Por pura casualidad, crucé esa calle de nuevo en el coche de empresa, en ese mismo instante. Y decidí acercarme por primera vez en mi vida a la fuente de mi felicidad. Por supuesto, el paso de los años hizo mella en los alrededores de la luz pero la dichosa luz allí seguía , eso sí, sin la fuerza de antaño, apuntándome. Pregunté. Silencio. Me encogí de hombros y me dirigí al coche y de repente,tras un pequeño estruendo, apareció la oscuridad. Extrañado, volví mis pasos y encontré una diminuta criatura que blandía un espejo de dospordos centímetros. Balbuceaba algo y acerqué mis oídos a su nimia boca a la cual hubo acercado un minimegáfono y dijo:

Es hora de que nos vayamos Juan. Lo hemos hecho bien salvando las distancias y nadie se ha enterado pero si algún día ocurriese...

Se esfumó entre mis dedos que ya sólo conservaban el mini-megáfono. Aturdido, he vuelto a mi estudio, cogí pluma y papel y te he escrito esta carta hijo mío, pidiendo tu perdón. No sufras por este pobre viejo que hoy se ha visto en la tesitura de comprobar que ha sido un mero instrumento movido por un marionetista de 7 centímetros de alto. Sabía que algo ocurrió aquella tarde-noche pero siempre lo tuve por arrojo personal al fin y al cabo. No podía estar más equivocado.


Piero Galasso

viernes, 12 de noviembre de 2010

LLUVIA por Piero Galasso

Lluvia Ruipérez Olego , nacida el 23 de Marzo de 1897 en una minúscula aldea del Baix Llobregat. Ya desde pequeña destacaba por sus dotes artísticas dejando en el imaginario de los habitantes de Guixols un recuerdo inquebrantable. Fascinantes relatos fluían sobre su persona en los cuales se alababa la creatividad de una niña sin igual, una niña excepcional. Lluvia tenía un don con los instrumentos musicales y despuntaba tanto en baile como danza. Tenía una alucinante memoria fotográfica y reproducía todo aquello que veía ante sus ojos con una habilidad pasmosa. A los 13 años ofreció un recital de música , danza y baile dirigido e interpretado por ella misma para el asombro de su numeroso público. Tras el recital, se reunieron en conversación el sacerdote del pueblo, Don Anastasio, el sargento de la Guardia Civil, Don Ceferino, y el Alcalde , Don Servando. Entre los tres , y dada la condición de hombres fuertes y de sociedad que tenían por ser de los pocos no analfabetos, acordaron otorgar a Lluvia la posibilidad de ir a estudiar Artes a una gran urbe industrial como lo era la Barcelona de comienzos del siglo XX.
La familia de Lluvia dudó, racionalmente, ante la ofrenda altruista de los poderosos de la localidad. Creían que deberían pagar con esfuerzo y sangre ese presumible acto de mecenazgo que ellos consideraban un verdadero impuesto. Lluvia, muy entera a sus 13 años y medio, se dirigió a sus progenitores y les espetó:

- Padres míos, si eso les ocurriese no duden que les proporcionaré el dinero necesario como para comprarse una aldea en cualquier región del mundo. No lo duden por un instante.

Lluvia se subió al carromato que la llevaría a su El Dorado particular con lágrimas en los ojos y la harapienta maleta rellena de única y exclusivamente una cosa, certeza. Certeza de que la vida le iba a sonreír.
Ya en las aulas, rápidamente se convirtió en el pasmo de la sociedad catalana. Sus dotes y conocimientos aumentaban a velocidad vertiginosa y parecía que no hubiese instrumento, tipo de baile o nota musical que no amaestrase y dominase a las pocas horas. A sus 16 añitos había creado una compañía de teatro, Alucinario, en la que pudo desarrollar sus dotes escénicas y para la que se dotó de alumnos y ex-alumnos de su escuela de arte. Todo el mundo la quería y admiraba. Incrementó la capacidad económica de su familia y devolvió cada céntimo prestado por sus tres mecenas. Aún con todos los halagos y las lisonjas, Lluvia se sentía tiburón en pecera. Lluvia comenzaba a mirar hacia Europa. Su nombre sería conocido en todo el mundo.

Su etapa parisina comenzó con dudas, accidentes ferroviarios, robos de instrumentos, amantes desconsolados implorándole su mano en matrimonio,etc. Nada podía perturbar la mente de Lluvia. Iba a conseguir su objetivo. Y así lo hizo. Conquistó los teatros y auditorios de las grandes ciudades europeas y mundiales asombrando al mundo con su apasionante espectáculo.

Aprendió francés, italiano, ruso, alemán para al final dominar un montante de 19 lenguas. Su compañía crecía y crecía . Pasó a llamarla El Circo del Sol debido a una megalómana comparación con Felipe II. Y se podría decir que su imperio gozó de mayor salud que el del ínclito monarca español. Nada parecía irle mal a nuestra protagonista.

Las ansias de grandeza de Lluvia comenzaron a pasarle factura. Se decía por los corrillos de medio mundo que buscaba introducirse en la anquilosada burguesía parisina de manera desesperada. París sería su base de operaciones. Estos ecos de grandeza llegaron a oídos de un menudo y relamido hombrecillo , el Barón Lion Chatelet. Las crónicas de sociedad de la época hablaban de él como de un Don Juan redomado. Las mujeres no se resistían a los encantos de este mujeriego que utilizaba a sus víctimas cual versión masculina de la viuda negra. Y Lluvia Ruipérez Olego no fue excepción.
Así, tras una semana de amores escondidos, el Barón logró su objetivo, casarse con mujer de tamaña importancia. A estas alturas de su vida, Lluvia exudaba felicidad y empezó a descuidar la dirección de su magnífica empresa. Enamorada hasta el tuétano firmaba cualquier papel que el Barón deslizaba ante los ojos de ella. Este inmundo ser codiciaba la empresa hasta que tras un año de engaños y documentos rubricados, pasó a ser el único dueño de la compañía, a la cual cambió el nombre. Ahora se llamaría Cirque du Soleil.

Lluvia, una vez se dió cuenta del engaño, cayó terriblemente enferma. Unos decían por cólera, otros tuberculosis, otros neumonía pero la verdad era de pena. La pobre Lluvia moría,abandonada, un 5 de Noviembre de 1937, a los 40 años de edad. Nadie acudió a su entierro. El barón hizo lo posible por dilapidar el buen nombre de Lluvia y borrar su recuerdo. Esta es la historia de una de las mentes más preclaras y fascinantes del siglo XX que sólo cedió terreno una vez, la cual fue suficiente para destruirla.


Piero Galasso

jueves, 11 de noviembre de 2010

LLUVIA por Luc Dupont

Hay una lluvia que moja a los viandantes. Hay una molesta y repetitiva lluvia que llena de charcos los vacíos y estropea los zapatos hechos para caminar. Maldita lluvia. Ayer me gustabas, me enamoré de tu oscuridad, de tu capacidad para llenar el día de melancolía, detener el tiempo y crear un espacio irreal donde los colores no cambian, sólo existe el dulce gris impersonal que nos permite confundirnos en las calles y esconder nuestra mediocridad personal e intermitente. Todos somos uno, el mismo individuo normal y aburrido, ocupado con un millón de citas ineludibles a las que acudir más veloz que un rayo. Si alguien nos fotografiase hoy desde un tejado, el objetivo del sujeto captaría una danza de paraguas y zapatos; sin caras ni expresión. Una instantánea perfecta para la próxima exposición de Nueva York, tan perfecta e impersonal, lo más cool del momento, oye.
Pero hoy no me trago estas gotas insípidas que llegan a mi boca cada vez que bostezo. Puto paraguas, aquí nos separamos. Hundo mis pies en el charco más asqueroso y me quedo mirando hacia el cielo, a ver si el magnífico Dios de las tinieblas se enerva y me castiga con un festival de tormentas. A mí no me engañas, pequeño dictador, esto no es lo mejor que puedes hacer. Te has vuelto un aburrido, mójame de verdad, haz que este agua traspase mi piel y no pueda volver a ser el mismo. Desde que Júpiter se fue con su poderoso rayo a los infiernos no ocurre nada interesante, sólo lloviznas insulsas; los viejos graznan que esto ya no es lo que eera. Y tienen toda la razón, señores. Si yo fuese Noe habría vendido las mejores maderas de mi barcaza y me hubiese oxidado entre whiskies y putas.
Yo no soy Noe y debo admitir que me he pasado tardes viendo la lluvia desde mi ventanaa, alejado del mundo, separado por mi muro de complejos y soberbia, anhelando que el pasado volviese a llamar a mi puerta; que mis sueños infantiles se convirtiesen en una fábula interminable. Pero sentado en mi silla mis huesos no temblaron, ese suave goteo incesante no bastó para convencerme de que la desidia es una forma de vida. Sólo me acomodé en mi propia aussencia y me permití no aspirar a más. No soñar, no sufrir.
Mi silla se rompió y tuve que levantarme. Recuperé mi chubasquero y me adentré por uno de esos callejones que sólo existen en mi imaginación. El agua me encogió y me hizo diminuto; tuve que luchar con mi inexistente fuerza para evitar que las enormes pisadas me aplastasen. Los charcos se tornaron lagos. Y me encontré con cientos de seres diminutos deslomándose por sobrevivir; por no ahogarse en el anonimato. Encontré en los ojos de esos luchadores enanos la dignidad que nunca pude hallar en esas tardes de ventanas huecas. El espejo que buscaba para encontrarme resultó estar en las pupilas de esas personas débiles como yo, frágiles pero valientes; conscientes de que las plazas, las esquinas y todas las ciudades del mundo nos pertenecen, que somos los reyes de nuestro destino por mucho que tú persistas en embadurnarlo todo de barro y hacernos creer que no hay nada que podamos hacer.

Luc Dupont

domingo, 7 de noviembre de 2010

INVIERNO por Luc Dupont.

-Por cierto, lo he dejado con Javier.
Es curioso, yo sólo le preguntaba cómo le iba, con el tono aburrido del que no espera una respuesta porque se da cuenta de la falta de entusiasmo de la pregunta. Y sin embargo abordó el tema preciso, quizás fuera de contexto, o en un momento no esperado, porque esperaba escuchar esas palabras mucho antes, cuando ya era evidente el final de su mentira y el inicio de mi pretensión de embaucarla con la mía. Y, después de tiempo soñando en mi cabeza con esta frase, imaginando los pasos a seguir de mi perfecta estrategia para secuestrar un corazón, de ensayar ante el espejo una cara de no demasiada sorpresa ante una noticia supuestamente novedosa, después de todo eso, se me pinchó el globo.

Creo que no es un buen comienzo. Si esto se puede considerar una historia de amor, hay que ponerle un inicio romántico. Aunque mejor dejar de extrañarnos, lo sabemos, los inicios no suelen ser románticos ni bellos, a no ser que la historia sea la de dos ángeles predestinados a quererse, o las nieblas que cubren la adolescencia permitan que dos adultos todavía no formados consigan entretejer un juego estupendo de principio a fin, por la mera razón de que los dos participantes andan enloquecidos por las hormonas, la búsqueda del amor imposible, o la falta de sueño. Y el único amor perfecto es el imposible, al menos en mi caso, ése que se define por la imaginación irrealista, por añadirle virtudes a una persona practicamente inexistente, por la timidez absoluta, por la obsesion con un sueño repetido hasta el aborrecimiento.

Y el caso es que el invierno se ha llevado mis palabras y no sé qué decir.
Sólo puedo decirte que si no me das locura no puedo avanzar, sin mi ración de amor imposible e impasible no consigo respirar, repetir ni transpirar letras. Si no me das ilusión ni me regalas tu mirada miope entonces yo sigo con mi ceguera genital, tranquilo y con buena vida, bien mantenido, pero falto de vitaminas eléctricas. Me quedaré sentado en la calle, epserando un vendaval que levante todo, que despeine y consienta mi despegue, ahí voy directo al infinito, hacia romperme de nuevo el alma, ya van cuatro. Cuéntame una historia llena de imaginación, pues ya desayuné y necesito despejarme, dame un poco de trascendencia matinal, juguemos a cualquier teatro circense y popular. Si tu no me besas ni dejas ue te lama entonces yo me convierto en humo,niebla nubosa, trama oscura dramática, y lloraré, lloraré esas lágrimas ridículas que se deslizan calientes por mi mejilla derecha. Y me las bebo con la sonrisa dibujada en una cara abstracta, instinto primario de primate; necesito algo entre mis manos, tu cuerpo, mi cuchillo, una libreta para llenarla de vuelos no permitidos, no educados, no dirigidos; siempre sin rumbo hacia el mismo lugar, todos mis caminos llevan a tus bocas, a tus tragedias habituales. Y me plantaré, y me regarás, éste es mi último disparo, directo al vacío, ocasión desperdiciada y suicidio colectivo, me hago el harakiri cada domingo por la noche. Y después café y levantarse, descender por las escaleras feliz y maltrecho, fingiendo estilo y planificación. Mis poemas te los regalo, mi ropa la cuelgo en tus perchas, mi pelo me lo arranco por que sí, tú me das razones para agitarme y subirme a los altos, mirar desde allí y bajar desilusionado, pensaba que vería algo interesante y elegante. Acércate más, quiero desvelar el secreto de tus pupilas gustativas, tus ojos cojos de emociones, tus ventanas cerradas, tu vergonzosa falta de color, dame un poco de chocolate. Quiero beberte, te succiono como si fuese un elefante, no te conviertas en serpiente, porque te quiero comer y después vomitarte, retratarte mientras te tocas, mi musa, mi idílica diosa odiosa, dame una buena letra para no olvidarme de tí, mándame una carta con tus planes y las escusas con las que los evitas, sígueme por la calle, conozco los lugares secretos de esta urbanidad, micciono en cada farola, continúa el rastro de mi reguero animal, color amarillo limón. Yo soy un gato siamés y quiero hermanarme contigo, de una manera incestuosa e intempestiva. La faamilia tan querida y escondida, no descubras mis antepasados, los tengo escondidos, todos pervertidos por mi falta de sensibilidad sanguínea, corté el árbol familiar y construí una barca, sube que zarpamos, con mis uñas felinas te araño sin dañarte, pretendo marcar las lineas del razocinio, este capitán espera por la aparición de la isla, la inspiración aparece en el descenso, ahí vamos hacia la catarata, por el precipicio nos amaremos. Si todo esto te parece chino, tradúceme, convéncete de la falsa polsibildad de mis metáforas, me hago el interesante y me convierto en súper héroe patético y solitario.

Luc Dupont.

viernes, 5 de noviembre de 2010

INVIERNO por Piero Galasso

Se coloca todo lo que se sacó del coche y se contempla el mar. Para algunos inspiración y para otros tremendo pesar por no poder ver esa inspiración en el horizonte. Hay personas que observan el mar y hay otros que lo ven y se aburren, hace frío, vámonos, espera un segundo, déjame relajarme. Suelen ir de la mano una y otra clase de seres. Imaginen a dos sujetos ensimismados contemplando esa cantidad enorme de agua salada como bobos durante largos minutos. Por todos es sabido que no se necesita hablar ¿ para qué?. NO entiendes nada.
En el otro escenario, se intuye a dos individuos que conducen su automóvil hasta la playa y una vez en destino , como mucho, fumarse un pitillo compartido, ay la crisis, y volver al coche o a un bar a tomar una cerveza y unas olivas y regodearse de lo bien que se está aquí dentro. Ni una cosa ni la otra. Por eso siempre coinciden las personas que son estimuladas por los vientos marinos y las que desde detrás de una nariz roja, verás como me resfrío, ocultan esa gran insatisfacción.

Existe otro subgénero entre los adoradores de los cantos de gaviota, los caminantes. Como en el segundo escenario, se introducen en su coche , desplazándose varios kilómetros, para aparcar delante del arenal y disfrutar de largas caminatas hablando , primero, del fresquete que hace para luego, ya en calor, disertar de lo trascendental y lo intrascendental de la jornada no-playera. Asimismo, dentro de los caminantes tenemos a los viandantes y forofos del footing, los “quesíqueno”, de excelso paseo marítimo. Es muy respetable y lícito recorrer los numerosos metros de paseo litoral recibiendo bocanadas de delicioso aire helado pero, ya que están cerca, bajen al arenal a mojarse los pies que, amén de ser magnífico para la salud de las plantas de sus maltratados pies, les producirá cosquillas en la espalda, sobre todo a los que corran. Pruébenlo, verán que rico.

Entre los que habitan la playa cuando no es natural, tenemos al bañista despreocupado. Lo han visto en innumerables ocasiones por televisión disfrutando de su parcela marina cuando no toca, es que no toca. Esa señora de 79 años que el 31 de diciembre decide darse un baño en las heladas aguas bien porque decía su tatarabuela que tomar los baños a tal hora en el último día del año otorga felicidad y buenaventura a la familia, pero neniña tu no digas nada a nadie que esto es un secreto centenario de nuestro clan familiar y no vaya a ser que alguien nos robe lo que es nuestro O,bien porque la señora necesita sentirse viva y el cuerpo le pide ,casi desconsoladamente, un verdadero puñetazo en el estómago de hielo derretido.

Para concluir, es necesario hablar acerca de los miembros del subgénero que habita los arenales algunas noches de invierno. Son unos seres que se perciben del mismo modo que una figura en una foto desenfocada. Su atuendo es un misterio para los que no entendemos de estas cosas y su forma de comunicarse es inverosímil. Básicamente y , tras muchas horas de estudio, su lenguaje se compone de 15 sonidos acompañados de 23 movimientos con la mano izquierda, 39 con el pecho, 75 con la mano izquierda, 12 con ambos pies y 2 con la cabeza. Algún día pretendí unirme a sus coloquios como buen oyente que soy, pero es dificilísimo entrar en tan selecto grupo social. Se mueven en grupos de 2 a 4 individuos y emiten unos ruidos guturales que me hacen maldecir el momento en que se me ocurrió, ataviado con mi equipo, ponerme a rastrear las playas en busca de monedas perdidas debajo del manto artificial de las mismas.



Piero Galasso

jueves, 4 de noviembre de 2010

VIENTO por Luc Dupont

Corre, corre, corre, que hoy es lo único que me puedo inventar. Corre, entre las sombras de gente sin tiempo, delízate entre los pensamientos contradictorios, alcanzarás la parte negra del sol. Dale más intensidad a tus alas invisibles, nadie te va a estar esperando para aplaudirte, tienes que correr más rápido que las miradas, debes ser como un espejismo en medio del desierto. Ya casi no te queda tiempo, fíjate en el reloj y observa que los segundos se paran cuando vuelas, cuando superas tus límites y todo se difumina en manchas de colores que ni siquiera existen. Eres electricidad, sentimiento, impregnas todo con tu alma, tienes la oportunidad de dejar huella, de dibujar emociones allá por donde pasas. Deténte un momento, quiero darte un mensaje, un secreto que repartirás hasta en los rincones más insospechados. Siéntate conmigo, tú también mereces un descanso, un poco de tranquilidad para redirigir tus pasos, para orientarte hacia la dirección adecuada. Quiero saber quién te ha hecho daño, qué te ha pasado para que escapes a esa velocidad, qué se ha cruzado en tu mente para herirte. No sé de dónde sacas esa fuerza para atacar, cómo puedes conntinuar siempre tu camino con perseverancia, sin que las tristezas te detengan y te impidan seguir creyendo en tus sueños, ni sé de dónde sale esa ternura con la que acaricias los rostros que te gustan, las cosas que merecen la pena. Yo sin embargo necesito tiempo para crecer, debo estar sólo con mis miedos para poder vencerlos. Te pediría que me esperases en esta parte del camino, que aguardes a que me sienta lleno de vida, pero eres el viento y sé que no lo harás, que tienes prisa por llegar a ningún sitio.

Cuando llegues recuérdame quién soy, y no te olvides de volver.

Luc Dupont

miércoles, 3 de noviembre de 2010

VIENTO por Piero Galasso

¿Alguna vez te has preguntado por qué todo el mundo se desplaza en taxi en Nueva York? Resulta que debido a la elevada cantidad de gente que habita la ciudad más importante del mundo, tendría que haber 200 autobuses para cada manzana, lo que es inviable. Así que la solución es coger un taxi y rezar para que el taxista no sea un pelirrojo con rastas , una cicatriz encima de la ceja izquierda y la paleta derecha de oro.
Es un lugar capaz de enamorar a los seres humanos que la habitan. Woody Allen filmó una auténtica proposición de matrimonio en su inigualable Manhattan. Frank Sinatra adiestró sus cuerdas vocales para que se moviesen al ritmo de las letras que componen el nombre de la ciudad donde se puede encontrar hasta un pigmeo, si sabes donde preguntar.
Cuando uno camina por las calles del Village no deja de preguntarse cual sería la sensación de encontrarse a Joan Baez disertando con Bob Dylan sobre las carencias de un tema común o de encontrarse a cualquier otro mito desarrollando su vida normal en dicho barrio. Así es Nueva York , un lugar donde puedes disfrutar de la normalidad de tu vida, al margen que seas una de las estrellas del starsystem o el poeta de Duluth que electrificó su folk y fue llamado JUDAS previamente a la interpretación más maravillosa y memorable de “Like a rolling stone” en una actuación realmente sensacional.

“De noche, cuando uno camina por las calles que no gozan de una gran popularidad, unas figuras blanquecinas emergen de las profundidades de la gran ciudad. Actúan como si quisiesen escapar del subsuelo y expandirse a la estratosfera pero debe tratarse sólo de una intención, porque algo superior a sus fuerzas los retiene pegados al suelo. Actúan como guardianes de los pobres niños que tienen que mendigar en la ciudad de las oportunidades porque no olvides amigo, las oportunidades no favorecen a todos por igual”.

El anterior párrafo, lo escribí una noche en el año 1967 , año en que jugueteé con las drogas quizás por eso es el año que con más cariño recuerdo. Leyéndolo hoy , a día 24 de Noviembre de 1998, no puedo si no preguntarme cual fue el motivo que me hizo separar a mi organismo del excepcional mundo de psicodelia que me ofrecía el LSD. Siendo uno de los prófugos de la generación Beat, lamento no haber escrito nada de gran valía desde que llevo una vida saludable. ¿Un literato artificial? Seguramente, pero era el mejor, aún sin tener reconocimiento de ningún tipo, era el mejor.

Nueva York me brindó todo lo que quise y me arrebató todo lo que le vino en gana. Hoy, sólo permitiré que el único elemento que la domina a ella me domine a mi también, el viento. Permito que me descoloque los cabellos, como el vapor del subsuelo descolocaba los pliegues del vestido de la rubia Monroe. Nueva York, siempre Nueva York.


Piero Galasso