domingo, 22 de enero de 2012

TINTA por Piero Galasso

Elimino todo lo superfluo y avanzo hacia las metas a largo plazo que me impuse de joven. Si no tuviese esa zanahoria delante habría estado dando vueltas en bucle toda mi vida sin dejar que mi inteligencia despertase, adormilándola con la tinta de la poesía escrita en salas de espera y aeropuertos. Mi folclore tiene muy poco de gitano y traje regional, es más una melodía compuesta por el rumor de una máquina de escribir antigua y un adolescente cantando clásicos de los 60 entre repeticiones de la misma frase- asdfg y ñlkjh una y otra vez, una y otra vez. Pegatinas amarillas. Aquella risa nerviosa provocada por una felicidad secreta y púber, inaudible a oídos de los futuros oficinistas, se camuflaba entre el descaro de las viejas portadoras de ilusiones,cintas, tambores y musicalidad.  

No hay soledad más feliz que la del que otorga su propio significado a las palabras por otros creadas.

 Y sin embargo, la dulzura de los versos por venir, arrebata su encanto al presente y lo convierte en elemento vacío ante el futuro halagador. Porque no puedo decir que estoy vivo si no insuflo optimismo a mis palabras, si no desplazo en el tiempo mi ponzoñosa manía de querer controlar las manecillas del reloj a través de las manos de un relojero falto de personalidad. Ya está bien de intentar ser el humano apátrida que intenta manipular el buen hacer de un titán como Crono.

Desafortunadamente, cuando uno ya ha cruzado el arco de la senectud, con paso firme apoyado en alguna que otra sonrisa cerámica, se puede permitir la concesión de ser cada día un personaje distinto, bien villano, bien bienhechor. Maldigo a los viejos que se amilanan y claudican ante el sofá y el saque de esquina. A los jóvenes recomiendo que hagan lo que quieran durante su vida pero a aquellos que tengan decidido durar y ser ancianos, el cual es el reto más apasionante propiciado por la ciencia, les diré que ahorren varios miles de euros y que ,a partir de los 70, sean libres de toda carga filial o marital y se lancen a vivir su último blues bien potente y furioso alrededor del mundo. No, mejor incluso, que elijan vivir como aire de trompetista de bebop, dejándose expulsar rabioso por la boca de un Dizzy Gillespie, juguetón rebelde con las normas sacras de la música Jazz, hacia la estratosfera.


Piero Galasso

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